32. Carrer Verdi 109, domicili d’Abel Paz fins 2009.

Al carrer Verdi 109 va viure durant molts anys i fins el 13 d’abril de 2009 el company anarquista Diego Camacho, més conegut pel seu pseudònim Abel Paz, escriptor, historiador autodidacta, biògraf de Buenaventura Durruti, reconegut militant confederal de Barcelona i militant del moviment llibertari.

Casa seva va ser lloc de benvinguda i punt de trobada de l’anarquisme internacional en els nostres dies.

Volem recordar aquí amb afecte aquest company anarquista i veí del barri mort enguany el dilluns 13 d’abril de 2009 a l’edat de 87 anys. Al costat d’ell treballàvem en aquest projecte.

Segons ell mateix es definia, tal i com consta a una cita extreta d’una entrevista realitzada en 1997:

Sóc anarquista i ser anarquista és ser una persona coherent (pau espiritual, la tranquil·litat, el camp, treballar el menys possible, el suficient per a poder viure, gaudir de la bellesa, del sol. Gaudir de la vida amb majúscules, ara es viu en minúscules). Tenir una conducta personal. Portar les idees a la pràctica al màxim, sense esperar que hi hagi una revolució. Això es pot fer ara. És una concepció filosòfica, és un estat d’esperit, una actitud davant la vida. Penso que aquesta societat està molt mal organitzada, tant socialment, com políticament, com econòmicament. Cal canviar-ho tot. L’anarquisme invoca una vida completament diferent. Tracta de viure aquesta utopia una mica cada dia.

Per acabar, un article publicat al núm 356 de CNT, òrgan de la C.N.T. avui dia, que escriu en homenatge el seu amic també anarquista José Luís Guitérrez Molina:


Los hombres hacen la historia y, también, las épocas en las que viven, a los hombres. Un 12 de agosto de 1921 nació en Almería un niño al que llamaron Diego Antonio Camacho Escámez. El jueves 16 de abril de 2009 en la playa de Montgat se esparcieron las cenizas de quien era más conocido como Abel Paz. Un mes, el de abril que, por varias veces, había significado una nueva etapa: en los de 1947 y 1952 había salido de las cárceles franquistas. La primera vez para seguir con su lucha en España y la segunda para iniciar más de veinte años de exilio en Francia. Éste de 2009 para entrar definitivamente en la Historia. También hubo otros antes y después. El de joven abstemio y no fumador de antes de salir de las cárceles y el fumador incansable que no despreciaba un vaso de vino de después. La persona de carácter jovial y alegre que recuerdan quienes lo conocieron antes de 1977 y el cascarrabias y, a veces, agrio que cada vez más le fue caracterizando.

Ochenta y siete años durante los que cambiaron las historias de España, del propio Diego y de las organizaciones e ideas en las que militó y creyó. Nacido en una familia muy modesta vivió sus primeros años en la Almería natal hasta que, como otros miles de familias, la suya emigró a la Barcelona dispuesta a inaugurar la exposición internacional a la que hacía tantos años aspiraban sus clases dirigentes. Cuando lo hizo la dictadura del general Primo de Rivera vivía sus últimos meses y el anarcosindicalismo resurgía por toda la península.

Proclamada la Segunda República el todavía niño, a punto de comenzar la rápida adolescencia de entonces, Diego comenzó a ir a la escuela “Natura”, más conocida como “La Farigola”, en el barrio donde vivía: El Clot. En ella ser formaría en las ideas racionalistas de la mano de profesores como Juan Puig Elías, el que sería presidente del CENU, el organismo encargado de la educación de Cataluña entre 1937 y 1938. Allí fue donde conoció a otros muchachos con los que compartiría numerosas vicisitudes: Liberto Sarrau, Federico Arcos y Víctor García. Con ellos vivió las excursiones a las arenas donde ahora reposan sus cenizas, los agitados días revolucionoarios de 1936, se convirtió en un quijote idealista, vivió la realidad colectivista, la prisión en la retaguardia, los campos de concentración galos, la clandestinidad en la Francia ocupada, los trabajos forzados y la lucha contra el régimen franquista en España. Un cúmulo de acontecimientos que entrelazaron las vidas de Diego y sus compañeros y marcaron las de todos ellos hasta que cada uno siguió su propio camino.

En la década de los sesenta, Diego dejó paso a Abel. No era la primera vez que cambiaba de nombre. “Juan González”, “Ricardo Santany” habían sido otros. En la prensa también firmó com “Helios”, “Xeus”, “Ibérico” o “Luís del Olmo”. Pero sería el de Abel con el que, en adelante, sería más conocido. Abel Paz, el autor de la biografía de Durruti pubicada en más de una docena de idiomas, el éxito de ventas del que algunos decía que se había aprovechado. A lo que, con su cada vez más cáustico humor, repsondía que, en efecto, Durruti le había dado de comer ya que con lo que había cobrado se compró la dentadura postiza que necesitaba.

Durante los últimos treinta años Abel Paz ha sido uno de los nexos al que las nuevas generaciones han podido acudir para enlazar sus lecturas y experiencias con los hombres y los acontecimientos de los años de la revolución y la oposición libertaria al franquismo. Ha sido, quizás, quien mejor ha tansmitido las ideas y cultura anarquista gravemente afectadas por la represión franquista, los cambios de la sociedad española y la cada vez mayor preeminencia del marxismo en el mundo cultural y educativo español. Lo hizo a través de numerosas conferencias, no sólo en España sino también en otros países como Francia, Italia, Grecia, Turquía, Japón y diversos países americanos.

Como todos, la personalidad de Diego–Abel tenía muchas facetas. Algunas contradictorias y otras más claras que obscuras. Convivió con diversas compañeras. Con Antonia Fontanillas tuvo a Ariel. Corría el año 1956. Nos quedan sus libros y la semilla que haya depositado en las miles de personas que le han escuchado. En la ceremonia de despedida de su cadáver se repartió una recordatoria en la que figuran unas frases, que le retrataban tan bien como la fotografía que la ilustra, de uno de sus libros autobigráficos:

“Oye, oye –me dijo– si destruimos iglesias y queremos desterrar la religión católica de la mente de las gentes, no queramos hacer de los ateneos nuevas iglesias y una religión de la anarquía.”

Genio y figura hasta el final, Diego Camacho–Abel Paz nos ha dejado y con él la presencia de una generación de anaraquistas que, viviendo en la derrota, constituyen el lazo de las décadas finales con las del primer tercio del siglo XX. Un ejemplo más de que, a pesar de todo, para comprender la historia de estas tierras hay que seguir contando con las ideas libertarias.