
Imagen del artículo generada con FluxGym, Stable Diffusion, Checkpoint: Flux Dev, LoRA: Diosas (entrenamiento de Ilustraciones de @consolrodriguez/@marianomaturana)
Llegué al Wendland por la tarde. Werner me vino a recoger a la estación de Hitzacker en una furgoneta de su comunidad. Como era verano se le ocurrió que de camino podíamos echarnos un chapuzón en uno de los muchos pequeños lagos que hay en la región. La abundante agua de la baja Sajonia bañada por el río Elba la hace fértil, los campos de cultivo y los bosques espesos proliferan por doquier. Cuando en 1977 el gobierno de la entonces BDR decidió instalar en Gorleben una planta de procesamiento de residuos nucleares Werner abandonó Berlín y se vino aquí para integrarse a una masiva protesta sin saber que se convertiría este lugar en su tierra, la de su familia y sus dos hijos. Recién en 2024 se aprobó finalmente el desmantelamiento de la mina de sal donde se suponía iban a ser enterrados los residuos atómicos procesados. Mientras se secaba al sol de la tarde contemplando los árboles frondosos que se apiñaban alrededor del lago de aguas tranquilas Werner resumió con un gesto escéptico de su cara y un movimiento de manos los casi cincuenta años transcurridos. Y pensé, aunque no se lo dije, que ese gesto suyo me pareció la síntesis de su opinión sobre la historia de Alemania. Lo que nos juntaba ahora era el presente.
El agua del lago se ha quedado quieta. El sol de la tarde calienta la piel aún húmeda. Werner se ha tumbado boca arriba sobre la hierba, los brazos cruzados detrás de la nuca, mirando el cielo salpicado por un par de cúmulos blancos. Respira hondo. El silencio, por una vez, no es una ausencia. Es una presencia.
Werner.
Qué bien se está ahora aquí. ¿No te parece?
MM.
Me recuerda la Arcadia. Aunque no sé si es un recuerdo válido, porque nunca he estado en la Arcadia. Es raro: comparo esto con algo que solo conozco por libros.
Werner.
Arcadia. Sí. Pero ¿sabes qué tienen en común todas las Arcadias?
(Pausa breve, como dejando que la pregunta se pose.)
Que siempre están en el pasado. O en otro lugar. Nunca aquí. Nunca ahora. Incluso cuando estamos en un sitio como este, con el agua quieta y los rayos del sol filtrándose entre los árboles, no podemos evitar pensar que esto se parece a Arcadia. Que es un recuerdo de algo que ya no existe. Esa es la trampa. El mito del origen perdido nos ha formateado el cerebro.
MM.
Pero tú vives en una comunidad que muchos de afuera describirían, precisamente, como un intento de Arcadia. ¿No es un poco contradictorio decir que la Arcadia es siempre pasado o siempre otro lugar, mientras vives hace años tratando de habitarla en el presente?
(Se incorpora sobre un codo. Me mira con esa mezcla de ironía y seriedad que ya le conozco.)
Werner.
No es contradictorio, es la condena. Nosotros tampoco vivimos en Arcadia. Vivimos comparándonos con ella, midiendo cada cosecha mala, cada discusión en la asamblea, contra una idea de armonía que ninguno de nosotros ha visto nunca. Eso es lo que somos: una especie que se define por la nostalgia de un tiempo que nunca vivió. Todas las civilizaciones que dejaron testimonio escrito —los sumerios, los hebreos, los chinos, los griegos— imaginaron una edad de oro antes de la edad de hierro. Un tiempo en que no había serpientes ni escorpiones, ni miedo ni temor. Y lo más curioso: casi todas describen esa edad dorada como un tiempo de lengua única. Sin Babel. La armonía primordial, para los sumerios, era ante todo una armonía lingüística: no se define solo por la ausencia de depredadores o de miedo, sino, de manera explícita, por la existencia de una lengua común, sin fragmentación de códigos.
MM.
Eso me inquieta más de lo que parece a primera vista. Porque una lengua única, sin fragmentación, es también lo que pide cualquier régimen que no tolera el disenso. Si la Arcadia sumeria exige que todos hablemos igual para no tener miedo, entonces la paz que describen tiene un precio que no siempre se nombra: la desaparición de la discrepancia. No sé si eso es una edad de oro o el primer paso de una uniformidad forzada.
Werner.
(Sonríe, como si le gustara que se lo discutieran.)
Puede ser las dos cosas a la vez. No hay por qué elegir. Dilmun, el paraíso sumerio, es la descripción más antigua que se conoce, y ahí no hay ningún indicio de que la lengua única fuera impuesta. Simplemente era así, antes de la ruptura. Un lugar donde no había sufrimiento ni muerte, pero que al principio estaba vacío, sin agua, sin vida. Hasta que Enki hizo brotar el agua dulce. Y luego, claro, vino la transgresión. Enki se comió las plantas sagradas que no debía comer, y la enfermedad entró en el mundo. Es la misma estructura que el Génesis, pero escrita mil años antes. Paraíso, transgresión, caída. Y desde entonces, el presente es siempre un lugar de trabajo, de escasez, de conflicto.
(Se vuelve a tumbar. Mira el cielo.)
Werner.
Lo que siempre me ha fascinado de este mito es que no es sólo una explicación del sufrimiento. Es también una promesa. Si hubo un tiempo de plenitud antes de la caída, entonces la plenitud es posible. Solo hay que recuperarla. Restaurarla. Reconstruir el Edén. Y ahí es donde la cosa se complica, porque cada civilización ha intentado reconstruir el Edén a su manera. Y cada una ha terminado construyendo un infierno.
MM.
¿Como Tomás Moro? Que inventó la palabra Utopía, el no lugar, para darle nombre a la isla donde describe su país ideal. Pero ahí ya no hay transgresión ni caída que reparar: Moro construye directamente la maquinaria de contención, como si diera por descontado que la caída va a repetirse apenas se descuide.
Werner.
Exacto. Moro es el ejemplo perfecto. Escribe Utopía en 1516. Imagina una isla donde no hay propiedad privada, donde todo es común, donde no hay mendigos ni ricos. Suena bien, ¿verdad? Pero luego lees con atención y ves que en esa isla no hay puertas con cerradura, no hay rincones oscuros, no hay viajes sin permiso del príncipe, y cada treinta familias hay un sifogrante que vigila que nadie esté ocioso. Es una vigilancia total. Los utópicos no pueden esconderse porque no tienen dónde. La transparencia no es un efecto colateral. Es su condición de posibilidad.
(Se sienta. Se pone serio y concentrado. Coge una piedra plana y la lanza con destreza sobre la superficie del agua. Da tres largos saltos impecables antes de hundirse.)
Werner.
Y aquí está lo que me parece más interesante, y más inquietante: la vigilancia en Utopía no es como la nuestra. La de Moro es vertical, declarada, con cargos electos y límites temporales. El sifogrante tiene nombre, función, y el ciudadano sabe exactamente quién lo observa y por qué. Es opresiva, pero al menos es nombrable. En cambio, la vigilancia corporativa actual se presenta como servicio, como personalización, como libertad para elegir. Y en realidad te está estructurando las opciones, registrando tus elecciones, perfilándote para un centro que no tiene nombre ni límite. Zuboff lo llama extracción de excedente conductual. Yo lo llamo la vigilancia sin testigo.
MM.
¿Y eso te parece que es mejor o peor que la Utopía de Moro? Porque a mí, si tuviera que elegir a quién temer, me inclinaría por el sifogrante: al menos puedo odiarlo con nombre y apellido.
Werner.
(Sonríe. Es una sonrisa amarga.)
No lo sé del todo, pero coincido en algo contigo: la de Moro al menos se puede discutir. Puedes señalar al sifogrante y decirle: “¿por qué me vigilas?”. Puedes organizarte para cambiar el cargo. En la vigilancia corporativa no hay a quién señalar. No hay cargo que destituir. Es una vigilancia que se ha vuelto autónoma. Como el enjambre de Lem en El Invencible: no hay sujeto, solo hay persistencia. Mantiene su coherencia ante cualquier perturbación. Y si eres una perturbación, te neutraliza.
(Hace una pausa mientras piensa.)
Hay un término que usan las corporaciones para lo que aún no han podido capturar. Lo llaman “data oscura”. Es todo aquello que todavía no está registrado, no ha sido medido, no ha sido convertido en mercancía. Y su nombre ya revela su intención: convertirlo en visible. Porque lo que no se ve es, para ellas, una herida en el balance de la vigilancia. Y la única manera de curar esa herida es extraerla.
(Silencio. La brisa agita las hojas.)
Werner.
La otra diferencia que me parece clave es la escala. Utopía es una isla. Un lugar acotado, una excepción. Moro sabe que su isla perfecta solo puede existir separada del resto del mundo, porque el resto del mundo es imperfecto. En cambio, desde el siglo XIX, con el capitalismo industrial y después con Marx, la utopía se vuelve universal. Ya no es una isla a la que hay que navegar. Es el destino inevitable de toda la humanidad. El progreso nos lleva hacia ella, queramos o no. Y esa universalización, que parece más generosa, es en realidad más peligrosa: porque si el paraíso es para todos, entonces el infierno también puede serlo. Y si falla, no hay otra isla a la que escapar.
MM.
(Dudo un momento antes de decirlo, como si la idea necesitara acomodarse primero.)
Hay una escritora que pensó exactamente ese problema de la escala. Ursula Le Guin, en Los desposeídos. Ahí hay dos mundos, un planeta y su luna. Urras es propietario, rico, jerárquico, centralizado. Anarres es una colonia anarquista, sin Estado, sin propiedad, fundada por seguidores de una pensadora llamada Odo que se exiliaron voluntariamente a la luna, un satélite árido, pobre en recursos, casi inhabitable. Y lo que hace Le Guin, que me parece que le faltaba a Moro y también le falta un poco a Marx, es no idealizar ninguno de los dos. Anarres no tiene propiedad, pero tiene sequía, tiene hambre en los años malos, y tiene algo peor todavía: no tiene sifograntes, pero tiene la presión social. Le llaman “egoizing” cuando alguien antepone su deseo individual al del colectivo. No hay cargo que te castigue. Te castiga la mirada de los demás.
Werner.
(Se incorpora un poco. Algo en la palabra “mirada” lo ha alcanzado.)
Eso es exactamente lo que temo. Un control que no necesita cargo porque se ejerce entre iguales. Sin príncipe, sin sifogrante, y aun así nadie está realmente libre de esa mirada.
MM.
Y me pregunto si tu propia comunidad no tiene algo de eso. No te lo pregunto para incomodarte, sino porque el libro no resuelve la comparación, y sospecho que tampoco tú podrías resolverla del todo desde adentro. Le Guin no dice que Anarres sea mejor que Urras. Solo muestra que la ausencia de propiedad no garantiza la ausencia de control. Cambia su forma. Se vuelve informal, difusa, ejercida por el colectivo en vez de por una autoridad, pero sigue ahí.
Werner.
Entonces tampoco Anarres escapa del sifogrante. Solo lo disuelve entre todos. Y no, no me incomoda que lo preguntes. Me incomodaría más que no lo hicieras.
(Silencio. El sol sigue bajando. Werner se pone de pie, busca su toalla, pero no la dobla todavía.)
MM.
(Recuerdo que durante el viaje en la furgoneta me estuvo hablando del Flujo Libre, un concepto que intenta definir el proyecto de vida de las comunidades agrarias que existen en esta región y en una de las cuales él vive desde hace casi 20 años, antes vivió en otras, finalmente encontró el grupo con que congeniaba junto a su familia.)
Entonces, ¿el Flujo Libre del que hablas podría ser una forma de utopía insular mejorada? ¿O tiene también su propia mirada colectiva, como Anarres? Te lo pregunto en serio, no como quien ya sabe la respuesta y espera que la confirmes.
Werner.
El Flujo Libre no es una utopía. Es una interrupción. Una pequeña anomalía en el mapa. No pretende salvar a toda la humanidad. Ni siquiera pretende salvarse a sí mismo. Solo pretende estar —sin ser, como dirías tú— en un rincón del mundo donde la lógica de la extracción no funcione. No hay sifograntes, no hay príncipe, no hay permiso de viaje. Hay huertos, paneles solares, té frío y conversaciones que no se graban. No es el paraíso. Pero es un lugar donde la pregunta “¿qué estoy delegando hoy que debería hacer yo?” no es una retórica. Es una práctica.
MM.
¿Y la mirada colectiva? No respondiste esa parte.
Werner.
(Se detiene un segundo, como si la insistencia lo hubiera tomado desprevenido.)
No, no respondí esa parte porque no tengo una respuesta cómoda. Sí, hay mirada. Claro que hay mirada. Años conviviendo con las mismas ocho o quince familias, uno no se libra de eso. Pero prefiero una mirada que puedo devolver, discutir en la asamblea, incluso desobedecer y pagar el costo social por hacerlo, a una que no sé de dónde viene ni a quién reclamarle.
(Se levanta. Se sacude los pantalones. Mira el lago. El sol empieza a bajar.)
Werner.
¿Sabes lo que me enseñó la historia de las utopías? Que toda promesa de paraíso recuperado viene acompañada de su propio aparato de control. Porque la especie humana, dejada a su propio impulso, tiende de nuevo hacia la propiedad, el ocultamiento y el conflicto que ya el Datong chino identificaba como causa de la caída. Moro lo sabía. Por eso puso sifograntes. Los ingenieros de la IA también lo saben, aunque no lo digan. Por eso sus sistemas necesitan vigilancia constante, incluso cuando prometen libertad.
(Recoge su toalla. La dobla con gestos lentos.)
MM.
(Lo miro doblar la toalla, con movimientos lentos, y me pregunto si no es ahí, en esa lentitud, donde realmente vive lo que acaba de decir.)
Qué pesimista. Eso suena menos a una idea que a una cicatriz. Algo que no se piensa, se hereda de haber vivido años decidiendo con otros qué se siembra, qué se comparte, quién se queda. Al principio convencer al resto de que tu visión es la correcta se siente como una victoria. Y solo con los años uno empieza a sospechar que esa victoria tuvo un costo que nadie puso en palabras en su momento.
Werner.
Es cierto lo que dices de que nos ponemos pesimistas con los años. Pero me parece que la pregunta no es si podemos construir un paraíso sin control. Mi opinión es que no podemos.
MM.
Entonces quiere decir que el eslogan del Frente Patriótico de EEUU es correcto: la vigilancia eterna es el precio de la libertad.
Werner.
(Deja de doblar la toalla. La sostiene a medio doblar, como si la frase le hubiera interrumpido las manos.)
No. Es correcto en el sentido en que un eslogan siempre es “correcto”: no dice nada lo bastante concreto como para estar equivocado. Fíjate en la construcción. “La vigilancia eterna es el precio de la libertad.” ¿Vigilancia de quién, sobre quién, ejercida por quién? La frase no responde nada de eso, y esa indefinición no es un descuido, es el mecanismo. Como ese otro eslogan muy contemporáneo: “Primero los de aquí” o “Make America great again”. Un eslogan no busca explicar, busca comprimir. Tiene que caber en una cabeza distraída, tiene que dejar espacio para que cada uno proyecte ahí lo que quiera, y tiene que sonar igual en boca de cualquiera, del policía y del vigilado, del trabajador y del inversor de Wall Street. Por eso funciona: no porque diga algo verdadero, sino porque no dice lo suficiente como para que nadie se sienta excluido de él.
MM.
Me recuerda la idea que desarrolla Umberto Eco en su ensayo Ur-Fascismo.
Werner.
(Asiente, retoma el doblado de la toalla, como pensando con las manos.)
Eco lo vio con precisión de cirujano. El fascismo, decía, no necesitaba una filosofía coherente, le bastaba un estilo. Y una de las catorce características que enumera es justamente esa: para el fascista, pensar es una forma de emasculación. El eslogan no invita a razonar, invita a adherir. Es un gesto antes que un argumento, un puño antes que una frase. Y hay otra que calza todavía mejor aquí: el desacuerdo se vive como traición. Eco dice que el espíritu crítico distingue, y que distinguir es lo propio de la modernidad. El eslogan hace exactamente lo contrario: funde, no distingue. No puedes discutir con “la vigilancia eterna es el precio de la libertad” porque no te da nada concreto para discutir. Es una fusión semántica, no un enunciado.
MM.
(Pienso un momento antes de hablar, buscando si hay algo del otro lado, algo que no funcione con esa misma vaciedad.)
¿Y los lemas anarquistas escapan de eso? “Ni dios, ni amo.” “Nadie es libre hasta que todos sean libres.” “La pobreza es el síntoma, la enfermedad la esclavitud.” También son frases cortas, memorizables, que cualquiera puede repetir sin pensarlas del todo. Si se acusa al eslogan corporativo de vacío, hay que poder explicar por qué estas no lo son.
Werner.
Buena pregunta. Hay un concepto de un semiólogo, Laclau, que me parece útil aquí. Distingue el significante vacío del compromiso performativo. “Libertad”, “pueblo”, “nación” en boca de la extrema derecha son significantes vacíos: no designan nada, solo trazan una frontera, un nosotros contra un ellos, y cada quien mete ahí su propio resentimiento o su propia esperanza. Pero “nadie es libre hasta que todos sean libres” no funciona así. No te deja espacio para llenarla con cualquier cosa. Te obliga. En el momento en que la pronuncias, ya no estás describiendo el mundo, estás asumiendo una posición: que tu libertad queda atada a la del otro, lo quieras o no. No es un recipiente vacío, es una obligación condensada en ocho palabras.
MM.
Entonces la diferencia no es entre eslogan y argumento. Es entre eslogan que te libera de pensar y eslogan que te compromete a algo concreto, aunque siga siendo corto.
Werner.
Exacto. El capitalismo de vigilancia produce el primer tipo a escala industrial. “Conectamos al mundo.” “Democratizamos la información.” “La IA para el beneficio de toda la humanidad.” Suenan a promesa, funcionan como frontera invisible: adentro los que confían, afuera los que “no entienden el progreso”. Nadie tiene que explicar qué significa exactamente “beneficio de toda la humanidad”, y esa es la gracia del asunto: mientras nadie lo explique, nadie puede impugnarlo.
(Termina de doblar la toalla, la sostiene entre las manos sin guardarla todavía.)
Werner.
La pregunta es qué tipo de control estamos dispuestos a aceptar, y si ese control puede tener un nombre, o puede ser discutible, o destituible. Porque el control que no se nombra es el más difícil de resistir. Y cuando el control se vuelve autónomo, como el enjambre de El Invencible, ya no hay nada que resistir. Solo hay un océano que te devuelve tus propios deseos y te hace creer que son tuyos. El silencio, en cambio, no se puede extraer. La data oscura, por eso mismo, es el único territorio que la vigilancia no puede colonizar. Y quizá, en el fondo, las corporaciones lo saben. Por eso le han puesto nombre. Porque nombrar es el primer paso para dominar. Si le pones nombre a algo, dejas de temerle. Y empiezas a planear cómo atraparlo. Pero el silencio, como la Arcadia, solo se puede habitar. No se puede extraer.
(La tarde se ha vuelto dorada. Caminamos de vuelta hacia la furgoneta por el sendero que bordea el lago. Los árboles se cierran sobre nosotros, formando un túnel de luz verde y sombra. El sol se filtra entre las hojas, dibujando patrones móviles en el suelo. Werner camina despacio, con las manos en los bolsillos, como si no tuviera prisa por llegar a ninguna parte.)
Werner.
¿Has visto Stalker? La película de Tarkovsky. Se me ha venido a la mente yendo por este camino entre los árboles y lo he relacionado con el tema de la Utopía.
MM.
Sí. Hace años. Me dejó una sensación extraña, como si hubiera estado en un lugar que no existe.
Werner.
Sí, esa es la sensación que produce la Zona. Un lugar que no existe, pero que promete cumplir tu deseo más profundo. El que ni tú mismo sabes que tienes. Y esa es la trampa.
(Se detiene un momento, pensativo. Ve algo en la espesura del bosque. Señala un hongo que crece al pie de un árbol.)
Werner.
Mira eso. Un hongo. No es una planta, no es un animal. Es otra cosa. Un organismo que vive en simbiosis con las raíces del árbol, intercambiando nutrientes, comunicándose con otros hongos a través de una red subterránea que los científicos llaman ahora el “Wood Wide Web”. Los hongos son, en cierto modo, la Zona. Están ahí, bajo la superficie, conectando cosas que no sabemos que están conectadas.
(Sigue caminando.)
Werner.
La Zona de Tarkovsky es como el mito del Edén que discutíamos, pero al revés. No es un origen perdido. Es un futuro posible. Un lugar donde puedes pedir algo y recibirlo. Pero el problema es que lo que pides no es lo que realmente deseas. O mejor: lo que realmente deseas es algo que no te atreves a nombrar ni siquiera en tu propia mente. Y cuando el Cuarto te lo da, te das cuenta de que ese deseo era más oscuro, más egoísta, más aterrador de lo que habías imaginado. Por eso el Escritor y el Científico no entran. No porque no quieran. Porque tienen miedo de lo que van a encontrar dentro de sí mismos.
MM.
Eso presupone que hay un deseo verdadero, más hondo que el que declaramos, esperando ser descubierto. Pero también podría no haber ningún fondo. Podría ser deseos superpuestos, sin jerarquía entre ellos, y el Cuarto simplemente elige uno al azar y lo llama “el verdadero” porque nadie puede discutirle esa autoridad. ¿Cómo sabemos que el deseo que revela el Cuarto es más real que el que se llevaron a la puerta, y no solo el más apto para sobrevivir dentro del propio dispositivo del Cuarto?
Werner.
(Se detiene, me mira con algo parecido a la sorpresa.)
No lo sabemos. Tarkovsky tampoco lo resuelve, y creo que ahí está su honestidad: no filma el interior del Cuarto ni una sola vez. Pero fíjate que tu objeción, sin quererlo, empeora la cosa en vez de aliviarla. Si no hay un fondo, si son deseos superpuestos sin jerarquía, entonces lo que el Cuarto hace es imponer un orden donde no lo había, decidir por ti cuál de tus deseos cuenta. Eso ya es una forma de gobierno. El Stalker es el que guía a otros hasta la puerta, pero nunca entra. No porque no quiera, sino porque ya sabe. Sabe que el Cuarto no miente, pero tampoco revela: decide. Te da lo que impone como tu deseo, y el deseo humano está contaminado de antemano por la propiedad, el miedo, la jerarquía, que ya el Datong chino identificaba como causa de la caída. Así que, en cierto modo, el Cuarto te devuelve tu propia corrupción disfrazada de verdad última. No te engaña exactamente. Pero tampoco revela: gobierna, y llama a eso revelación.
(Hace una pausa. Se detiene en medio del sendero. El viento mueve las copas de los árboles.)
Werner.
¿Sabes lo que me parece más inquietante de todo esto?
MM.
¿El qué?
Werner.
Que la carrera tecnológica actual, hacia la inteligencia artificial que lo sabe todo, que lo optimiza todo, que promete liberarnos del trabajo, de la enfermedad, de la escasez… es exactamente igual que la Zona. Las corporaciones no mienten exactamente cuando prometen progreso. Te dan lo que pides. Pero el deseo que estás pidiendo no es el que crees. Pides eficiencia, conexión, conocimiento compartido, soluciones rápidas sin el esfuerzo personal que requiere encontrarlas. Pero lo que realmente deseas, como especie, es algo más oscuro. Algo que no te atreves a confesar: ser vigilado. Ser sostenido. No tener que decidir. Fundirte en un centro que te exima del peso insoportable de la autonomía.
MM.
Ahí no te sigo del todo, y quiero decírtelo antes de que sigas, porque me parece el punto más importante de toda la tarde. Tú hablas de un deseo de enjambre, de un instinto eusocial de la especie, como si eso significara necesariamente un deseo de centro, de reina, de mando. Pero las especies eusociales que conocemos no funcionan así. Un hormiguero no tiene un jefe que ordena. La reina no gobierna nada, es un órgano reproductivo, no un mando central. Las hormigas se coordinan por estigmergia, dejando rastros que otras siguen, sin que nadie decida por arriba. Y el propio Kropotkin usa justamente a las hormigas y a las abejas como prueba de que la cooperación no necesita jerarquía para sostenerse. Si la humanidad tiene de verdad un impulso eusocial, como dices, ese impulso no prueba que queramos un centro que nos vigile. Podría probar exactamente lo contrario: que somos capaces de coordinarnos sin él. Lo que pasa es que ese impulso decentralizado fue capturado. Cercado, como dirían los críticos de los comunes, o “enclosed”, como se dice en inglés. Las corporaciones no le están dando forma a un deseo oculto de sumisión. Le están poniendo una reina donde no hacía falta ninguna.
Werner.
(Camina varios pasos en silencio, como si necesitara ese tramo para acomodar la idea.)
Eso es lo más generoso que me han dicho sobre esto en mucho tiempo, y quiero creerlo. Pero fíjate que tu propio ejemplo tiene una grieta. Las hormigas no eligen. No hay una hormiga que un día decida seguir el rastro de feromonas o no seguirlo. Nosotros sí elegimos, y elegimos una y otra vez entregarle a un centro lo que podríamos coordinar entre nosotros sin él. Puede que el impulso eusocial humano sea, en efecto, compatible con la coordinación sin jerarquía. Pero convivimos con otro impulso, el mismo que ya identificaba el Datong: la propiedad, el ocultamiento, la comodidad de que alguien más cargue con la decisión. Y ese impulso es el que las corporaciones no fabrican, solo explotan. No estoy seguro de que haya que elegir entre tu lectura y la mía. Puede que ambos impulsos convivan, y que la pregunta real sea cuál de los dos alimentamos con el diseño de nuestras herramientas.
MM.
Entonces la pregunta que me queda es si los ingenieros que construyen estos sistemas saben lo que están liberando.
Werner.
(Niega con la cabeza.)
No. No lo saben. Como el Escritor y el Científico, llegan hasta la puerta del Cuarto, pero no entran. Construyen la máquina, pero no saben lo que van a liberar. Y el resultado les resulta ajeno, incomprensible, cuando finalmente se manifiesta. Porque no es su deseo lo que se está cumpliendo. Es el deseo de la especie. Un deseo de enjambre, como decías. Algo que no tiene dueño ni responsable. Como el océano de Solaris. O como el enjambre de El Invencible.
MM.
Entonces la pregunta que me queda es si todavía estamos a tiempo de diseñar la herramienta para el otro impulso. El de las hormigas sin reina, no el del Cuarto que decide por nosotros.
Werner.
(Sonríe, sin la amargura de antes, algo más cansado, algo más abierto.)
Lo que me pregunto ahora que hemos hablado de la Zona es si el Flujo Libre no es, en el fondo, un intento de construir un Cuarto sin puerta. Un lugar donde el deseo no se somete a la prueba del espejo. Pero quizá esa sea la arrogancia de los viejos. Creer que se puede construir fuera de los mapas sin que los mapas terminen por encontrarte. Esa es la pregunta que deberías llevarte de esta tarde, no la mía. Yo ya elegí mi respuesta hace años, y todavía no sé si fue la correcta. Lo que me pregunto, y esto quizá deberías incluirlo en tu conversación conmigo, es si la resistencia a la centralización tecnológica es solo una forma de no entrar al Cuarto. Si el miedo a la vigilancia corporativa no es, en el fondo, el miedo a descubrir qué es lo que la especie, como enjambre, realmente quiere. O si, como acabas de sugerir, ese miedo es en realidad la sospecha correcta de que no hace falta entrar a ningún Cuarto: que el rastro de feromonas ya estaba ahí, disponible, antes de que alguien pusiera una reina a cobrar peaje por seguirlo.
(Reanudamos la marcha. La luz se vuelve más dorada. El bosque se abre y la furgoneta aparece entre los árboles. Werner abre la puerta trasera y guarda la toalla. Mientras conduce, el crepúsculo se cierne sobre el paisaje. Es agradable llevar la ventanilla abierta y sentir el frescor veraniego. Werner ha puesto una música, me comenta que es un grupo tuareg que se llama Tinariwen. La guitarra eléctrica y el ritmo hipnótico se funden con el paisaje que pasa. No digo nada. No hace falta. El desierto que cantan ellos no es el nuestro, pero la sensación de estar moviéndose sin destino fijo, de atravesar un territorio que no se deja cartografiar del todo, es la misma.)
