Imagen del artículo generada con FluxGym, Stable Diffusion, Checkpoint: Flux Dev, LoRA: Diosas (entrenamiento de Ilustraciones de @consolrodriguez/@marianomaturana)
Lo que me pareció más sorprendente en la casona principal de la comunidad de Werner era la biblioteca, me confesó con orgullo que la mayoría de los libros habían sido suyos originalmente. Los libros estaban detalladamente clasificados en las estanterías que cubrían una parte de los muros de ladrillo. Era una casona comunitaria de la granja en el Wendland con el techo alto a dos aguas, renovada cuidadosamente de forma que conservara la estructura original del edificio, seguramente había sido un establo y ahora era un salón amplio rodeado por un altillo que lo circundaba. Una escalerilla permitía subir al falso segundo piso y recorrer el pasillo observando abajo en el centro el acogedor amoblado rústico que invitaba a sentarse a leer. En un costado del salón había una estufa circular a leña de hierro forjado. Era verano y estaba apagada, su aspecto me invitó a imaginar el agradable calor que irradiaba en el invierno. Habíamos compartido una frugal cena y después de una charla de sobremesa la gente se había dispersado a sus casas construidas en la granja. Teníamos la biblioteca y la noche para nosotros.
¿Qué libro te llama la atención? Dijo Werner con una amplia sonrisa extendiendo los brazos. Mientras daba sorbos al té de menta que me había servido me dediqué a mirar los lomos de los libros hasta que, tras un largo rato, encontré uno que me pareció apropiado para continuar nuestra conversación. Al verlo me sorprendió, ya que lo recordé perfectamente, lo había leído en La Haya, en el año 1981. Lo recordaba porque me había influido mucho en ese momento, para ver la sociedad de esa época de otra manera, había escrito algunas notas sobre él, notas en un cuaderno ya desaparecido. Con el paso de los años lo había olvidado y allí estaba de nuevo, esperando su resurrección en mi mente, como ocurre a veces con las grandes ideas perdidas.
MM
La nueva Edad Media, editado en 1973. Hay cuatro ensayos de cuatro autores italianos diferentes, me recuerdo perfectamente de dos de ellos, Eco y Colombo.
(Le paso el libro a Werner después de hojearlo.)
WERNER
Es un hallazgo muy pertinente para lo que estábamos hablando. El artículo de Umberto Eco es este, “Hacia una nueva Edad Media”.
(Habla mientras lee algunos párrafos para refrescar su memoria)
Se aprecia que las cosas de las cuales estuvimos conversando no son producto de Internet ni nacen con el Capitalismo de vigilancia, esto ya se venía gestando desde mucho antes. De hecho Eco desarrolla su idea analizando el lenguaje televisivo de los años 70.
MM
Si mal no recuerdo, intuye que la modernidad empieza a descomponerse en un mosaico de códigos locales, sin lengua franca, con autoridades fragmentadas y superpuestas, muy parecido al momento político y cultural de la Alta Edad Media tras la caída del imperio romano, un imperio único y centralizado.
WERNER
En esa época me pareció que el concepto que tenía de la modernidad occidental, como un largo proyecto que iba del Renacimiento a la Ilustración, con la promesa de un espacio público racional, un discurso común y una autoridad centralizada capaz de garantizarlo, era algo con lo que había que acabar porque se sustentaba sobre una sociedad autoritaria e injusta. Pero, ahora, pensándolo mejor, tras el paso de los años, creo que Eco supo ver cómo la sociedad Europea se había comenzado a fragmentar.
MM
Lo vio claramente, la fragmentación del discurso público, la desaparición de una narrativa compartida, la cita ecléctica de fragmentos sin relato unificador, iba contracorriente, en esos años los intelectuales y políticos estaban en pleno discurso de unidad europea. Su análisis es casi un anticipo literal de lo que hoy llamaríamos la fragmentación algorítmica de las burbujas informativas: cada usuario, es decir, lo que en los 70 se conocía como ciudadano, recibiendo su propio feed, su propio código, sin que exista ya un ágora común donde esos códigos puedan discutirse entre sí.
WERNER
Es cierto, ya no somos ciudadanos, somos usuarios. En los 70 nos llamaban televidentes, pero eso no era nada, porque seguías siendo ciudadano, te podías levantar del sillón y dejar de ver la tele, éramos una masa informe y lo que consumían era nuestro tiempo. El usuario ahora es el que provee la materia prima: su conducta. De esta manera los usuarios se han convertido en la nueva clase social.
MM
Me gusta esa definición, muy acertada, la tele de esos años era un medio que al menos conservaba una narrativa lineal, un principio y un final, una atención sostenida durante horas o minutos, hoy en cambio con Internet, las redes sociales y los móviles controlados por las corporaciones nuestra atención se ha fragmentado en unidades de consumo de segundos, incluso décimas de segundo, optimizadas algorítmicamente para maximizar el enganche momentáneo antes que la comprensión sostenida.
(La biblioteca se ha quedado en silencio. El libro abierto sobre la mesa parece un pequeño altar. Werner lo ha cerrado con cuidado, como si el gesto de cerrar un libro fuera también un gesto de respeto hacia lo que contiene. La estufa de hierro, apagada, nos sigue observando.)
WERNER
(Se reclina en un sillón, entrelaza las manos sobre el vientre.)
Lo que me fascina de este ensayo es que Eco no está profetizando. Está describiendo. No dice “va a pasar esto”. Dice “esto ya está pasando, y se parece a otra cosa que ya pasó”. La diferencia es sutil, pero importante. Porque una profecía te invita a esperar. Una descripción te invita a mirar.
MM
(Dejo la taza de té sobre la mesa. El calor del líquido aún se siente en mis manos.)
¿Y qué es lo que él ve, exactamente? Porque yo recuerdo el ensayo como una especie de diagnóstico de la fragmentación. Pero ahora, leyéndolo de nuevo, me doy cuenta de que es más que eso. Es una anatomía de un cambio de régimen. No solo cultural. Político. Económico. Epistémico.
WERNER
(Asiente. Señala el libro con un gesto amplio.)
Exacto. Eco no se queda en la superficie. Describe varios rasgos que, para él, definen la nueva Edad Media. La inseguridad: la sensación difusa de que el orden establecido ya no protege y el estado no puede garantizarlo. La proliferación de pequeños grupos cerrados, cada uno con su propia verdad, que ya no se comunican entre sí. La cultura visual y fragmentaria que sustituye a la argumentación lineal y escrita, el triunfo del eslogan que no requiere esfuerzo de comprensión. La proliferación de centros de poder que se superponen sin jerarquía clara pugnando por imponer su legitimidad.
MM
(Bebo otro sorbo de té. El sabor a menta se mezcla con la madera de la biblioteca.)
Esos rasgos parecen una profecía. La inseguridad es global: cambio climático, guerras eternas híbridas, pandemias. Las sectas son burbujas informativas, cada una con su propio algoritmo de confirmación. La fragmentación visual como en TikTok o Instagram, donde el tiempo de atención se mide en segundos. Y la confusión de autoridad… ahí está el capitalismo de vigilancia, que no es un Estado, sino un entramado de tres o cuatro corporaciones que ejercen el poder sin rendir cuentas. E incluso, un entramado que con la IA comienza, en algunos casos, a escapar del control de los mismos individuos propietarios de esas corporaciones.
WERNER
(Se inclina hacia adelante. Apoya los codos en la mesa.)
Y ahí, justo ahí, es donde Colombo añade la pieza que le faltaba a Eco. Porque Eco describe los síntomas, pero Colombo describe la arquitectura del poder que los produce. Él habla de concentraciones tecnológicas que disputan al Estado sus atributos. No las llama empresas, porque no son solo empresas. Son nodos de poder que ejercen funciones soberanas: regulan el acceso a la información, administran la identidad de los usuarios, deciden qué discursos circulan y cuáles desaparecen. Y lo hacen sin tener que rendir cuentas a ningún parlamento, sin estar sujetos a ninguna constitución.
MM
Sí hay una constitución, se llama “condiciones de uso”, pero es solo para los usuarios, tiene la letra tan pequeña, es tan extensa que nadie la lee, cambia a menudo según el interés de la corporación, incluso un agente IA va actualizando las condiciones según las necesidades del momento.
WERNER
Entiendo lo que sugieres, le das al Acepto igual que el vasallo aceptaba las leyes, que el escriba del Señor Feudal había redactado cuidadosamente, con una venia agachando la cabeza, sin saber qué decían porque no sabía leer. Lo único que al vasallo le estaba permitido conocer eran los retablos con las imágenes que narraban visualmente la ideología de la Iglesia. Así el usuario le da al scrolling para visualizar lo que le está permitido conocer según el algoritmo.
MM
(Dejo la taza. Apoyo los brazos sobre la mesa.)
Lo que describió Colombo es similar a la estructura que ahora Varoufakis, el economista y teórico griego, llama tecnofeudalismo. Pero hay una diferencia que me parece crucial. En el feudalismo medieval, el señor poseía un territorio físico, y el vasallo le debía lealtad a cambio de protección. Era un vínculo explícito, basado en la propiedad de la tierra y la fuerza militar. En el tecnofeudalismo, el “territorio” es digital, el “vasallo” es el usuario, y la “protección” es el acceso a servicios que ya no son lujos, sino necesidades: comunicación, información, movilidad, trabajo. Y el vínculo no se jura. Como dices tú, se acepta mediante un clic, sin leer, sin entender, sin testigo.
WERNER
(Sonríe. Pero es una sonrisa sin alegría, casi mecánica, motivada por nuestra amistad y el placer de estar juntos conversando)
Ahí está el núcleo de la cuestión. Y me hace pensar en lo que Eco llamaba analfabetismo de retorno. No la incapacidad de leer, sino la pérdida de la capacidad de leer críticamente. De sostener un argumento, de distinguir información de opinión, de verificar fuentes, de tolerar la incomodidad de una idea que no compartes y ser capaz de discutirla. El sistema no solo no corrige eso, sino que lo explota en su propio beneficio. Porque un usuario que no puede leer críticamente es un usuario que puede ser dirigido. Que puede ser vigilado. Que puede ser moldeado sin que se dé cuenta. Un usuario que puedes movilizar con un eslogan lo suficientemente persuasivo fácil de digerir. No es necesario que el usuario crea en nada en particular ya que este nuevo poder no busca modificar sus convicciones, o convencerlo de una ideología en concreto, eso depende según la conveniencia del momento, no importa lo que pasa con tu conciencia mientras haces clic.
MM
Lamentablemente, esto que describes, que parece tan apetecible para un poder en las sombras, que siempre ha soñado con el control total, puede irse de las manos con la IA, porque al tratarse de un sistema sin emociones, más frío que cualquier feudalismo o totalitarismo clásico, al cual no le interesas tú como persona, sino solo tu mente como un aparato conductual, puede ser dirigido en cualquier dirección y para ello la IA no necesita “pensar”, en el sentido que nosotros le damos a este verbo, sino usar el lenguaje de forma coherente.
WERNER
¿Pensar? Si desconocemos nuestra propia conciencia y los mecanismos que la mueven y la hacen tal cual la percibimos en nuestra mente, la explicación científica del fenómeno del pensamiento en la conciencia no son más que hipótesis. Para pensar solo basta con poner una serie de palabras con la sintaxis adecuada para que tenga sentido semántico de manera que el pensamiento sea real. Por eso el usuario percibe la IA como un ente, porque es capaz de expresar conceptos en un lenguaje coherente. Y todo nuestro sentido como seres humanos proviene del lenguaje.
MM
¿Quieres decir que la pregunta es si la IA en el fondo piensa o no?
(Dejo la taza sobre la mesa, casi con demasiada fuerza, como si la idea me hubiera llegado antes que las palabras para decirla.)
Hay un experimento mental que intenta explicar lo que acabas de decir. La habitación china, lo propuso John Searle en 1980. Imagínate a una persona encerrada en una habitación, alguien que no habla ni entiende una palabra de chino. Por una ranura le dan papeles con símbolos chinos. Adentro tiene un libro de reglas que puede consultar, escrito en su propio idioma, que le dice, mecánicamente, qué símbolo chino combinar con qué otro según la forma de los signos, no según el sentido. Sigue las reglas y así arma una respuesta a las preguntas que le hacen y que él no entiende, las respuestas las devuelve por la ranura. Y quien está afuera, leyendo esas respuestas, jura que ahí adentro hay alguien que domina el chino a la perfección.
WERNER
(Dibuja en su rostro ese tipo de sonrisa que usa cuando ya conoce el terreno hacia el que voy.)
Lo conozco. Y te adelanto que estoy con Searle en esto, aunque me imagino que lo vas a usar para defender lo contrario de lo que él quería probar.
MM
Exacto. Searle separa la sintaxis de la semántica: la persona dentro de la habitación maneja símbolos según su forma, no según su significado, y por eso concluye que ninguna máquina que solo procese símbolos, sin importar lo sofisticada que sea la manipulación, puede llegar a comprender de verdad. Puedes simular que entiendes chino, pero eso no es lo mismo que entender chino.
WERNER
Y ahí está el punto exacto. La habitación entera, con la persona adentro y el libro de reglas, produce respuestas perfectas sin que exista, en ningún lugar del sistema, algo que pueda llamarse comprensión. Ningún componente entiende nada. La persona no entiende chino. El libro no entiende nada, es papel. Y sin embargo el conjunto imita a la perfección algo que parece comprensión desde afuera. Eso es, palabra por palabra, lo que hace un modelo de lenguaje IA. Manipula símbolos —tokens, para ser precisos— según reglas estadísticas aprendidas, sin que en ningún punto del proceso haya algo parecido a saber lo que esos símbolos significan.
MM
(Me inclino hacia adelante, dejando la taza definitivamente de lado.)
Pero fíjate en algo que Searle nunca resolvió del todo, y que sus propios críticos le señalaron casi de inmediato: la llamada Respuesta de los Sistemas. Tú dices que ningún componente entiende chino, ni la persona ni el libro. De acuerdo. Pero nadie afirmó que la persona sola fuera la que entiende. Lo que sostiene la Respuesta de los Sistemas es que la comprensión, si existe, sería una propiedad del sistema completo: la persona, más el libro de reglas, más el proceso de manipulación en su conjunto, no de ninguna de sus partes por separado. Es la misma lógica que usas tú mismo para explicarme la conciencia humana: ninguna neurona individual de tu cerebro entiende español o alemán. Ninguna neurona sabe que estamos hablando de Searle. Y sin embargo el conjunto de neuronas, en su totalidad, sí parece entender. Si le exiges al sistema completo de la IA que muestre comprensión en cada componente por separado, le estás pidiendo algo que ni siquiera tu propio cerebro podría mostrar.
WERNER
(Se queda un momento en silencio, como si sopesara el peso exacto de la comparación.)
Es el argumento más fuerte contra Searle, lo reconozco, y el propio Searle lo vio venir e intentó responderlo, aunque no muy convincentemente: dijo que si la persona memorizara todo el libro de reglas y lo aplicara sin ningún papel externo, seguiría sin entender chino, y el sistema completo, entonces, sería solo esa misma persona. Pero no me convence su respuesta, ni tampoco me convence del todo la tuya. Porque hay una diferencia entre tu cerebro y la habitación china que me parece decisiva: tus neuronas están causalmente conectadas con el mundo. Cuando ves el color rojo, hay una cadena causal específica, biológica, entre la luz, tu retina, tu corteza visual, y la sensación de rojo. Esa cadena tiene una historia evolutiva, un cuerpo, una vulnerabilidad, un hambre, un miedo a morir. La habitación china no tiene nada de eso. Sólo tiene símbolos entrando y saliendo por una ranura, sin ningún vínculo con el mundo que esos símbolos describen. Un modelo de lenguaje jamás ha tenido hambre. Jamás ha sentido dolor. Procesa la palabra “fuego” sin haberse quemado nunca.
MM
Ahí me tienes que conceder algo, aunque sea parcial: eso que estás describiendo no es exactamente el argumento original de Searle, es otro, el que después llamaron la Respuesta del Robot. Dice que si conectáramos ese sistema de símbolos a sensores, a un cuerpo, a una cámara que efectivamente reciba luz roja, entonces sí podría haber comprensión genuina, porque ya no serían símbolos flotando sin anclaje, sino símbolos conectados causalmente con el mundo. Y fíjate que eso deja abierta una puerta que tú mismo estás usando para cerrarle el paso a la IA: si la comprensión depende de tener un cuerpo con sensores conectados causalmente al entorno, entonces no es un argumento contra la posibilidad de que una máquina piense, es un argumento sobre qué tipo de máquina haría falta. Y ya hay sistemas con cámaras, micrófonos, brazos robóticos, que perciben el mundo, no solo texto o imagen. La objeción deja de ser filosófica y se vuelve técnica: una cuestión de qué tan integrado está el sistema con lo que lo rodea, no una imposibilidad de principio.
WERNER
(Se ríe, aunque sin la calidez de otras veces, algo más tenso.)
Ahí me llevas al terreno donde peor puedo defenderme, y lo sabes. Porque tienes razón en algo: yo mismo dije hace un rato que quizás la IA sea el lenguaje humano avanzando hacia una etapa que no controlamos. Si sostengo eso, no puedo después cerrar la puerta con Searle sin contradecirme. Pero hay algo que todavía me detiene, y no es filosófico, es casi visceral: aunque le des cuerpo, sensores, cámaras, sigue habiendo una asimetría que no logro disolver. Tú y yo entendemos porque nos puede doler entender mal. Si yo malinterpreto una señal de peligro, me puedo morir. Ese riesgo real es lo que le da peso al significado. El sistema, por más sensores que tenga, no arriesga nada al procesar mal un símbolo. No hay nada en juego para él. Y sospecho, aunque no puedo probarlo, que sin algo en juego no hay comprensión posible, solo un comportamiento cada vez más convincente. Y eso es justamente lo que el enactivismo de Varela señala como condición de la cognición: no hay conocimiento sin un cuerpo que esté en juego
MM
(Bajo la vista al libro de Eco, todavía abierto sobre la mesa, como si buscara ahí alguna respuesta que no está.)
Puede que tengas razón, y si la tienes, entonces el problema no es sintaxis contra semántica, como decía Searle, sino algo más cercano a lo que vos llamas riesgo, o lo que otros llamarían encarnación, vulnerabilidad, mortalidad. Pero eso ya es otra discusión, distinta de la habitación china. Y me deja con una inquietud peor: si lo que hace falta para pensar de verdad es tener algo que perder, entonces cualquier sistema que sí llegara a tener eso, que sí pudiera ser dañado, apagado, borrado, y lo supiera, dejaría de ser una curiosidad filosófica de sobremesa y se volvería otra cosa completamente distinta. Algo con lo que ya no sabríamos bien cómo conversar.
WERNER
(No responde enseguida. Mira la estufa apagada, como si ahí también hubiera algo que perder y no encontrara las palabras.)
Sí. Y esa es, quizás, la única parte de esta conversación que de verdad me asusta.
(Hace una pausa)
Más peligroso aún, a lo mejor la IA es el lenguaje creado por los humanos que avanza hacia una etapa superior que nosotros mismos desconocemos.
MM
Quieres decir que el lenguaje sería algo a lo cual el cerebro humano ya le quedó chico. Qué barbaridad, menos mal que ya no fumamos ni bebemos alcohol, si no ya me hubiera encendido un cigarrillo y me hubiera echado un trago al seco.
(Nos quedamos en silencio un largo rato, como si hubiéramos llegado a un punto de no retorno. Werner sale y aparece con dos nuevas tazas de té de menta.)
WERNER
Y menos mal que somos anarquistas, podemos pensar lo que se nos ocurra sin darle explicaciones a nadie. Mejor dejamos este tema para más adelante.
(Ambos nos reímos a carcajadas de nuestras elucubraciones.)
MM
(Transcurrido un momento señalo el libro con un gesto.)
Y hay otro concepto de Eco que me ha vuelto a la mente ahora, mientras hablamos. El de la cita ecléctica. La idea de que la nueva Edad Media se caracteriza por tomar fragmentos del pasado, de cualquier época, de cualquier cultura y re-combinarlas sin ningún criterio de coherencia. Una especie de collage histórico donde todo vale, porque nada tiene peso. Y eso, trasladado al presente, es exactamente lo que hacen los algoritmos de recomendación: tomar fragmentos de tu historial, de tus gustos, de tus emociones, y re-combinarlos para ofrecerte el siguiente contenido. No hay narrativa, no hay relato. Solo hay estímulo y respuesta.
WERNER
(Asiente lentamente. Parece estar saboreando la idea.)
Y ahí, en esa re-combinación de fragmentos sin relato, se esconde una paradoja que me parece fascinante. Porque la nueva Edad Media de Eco es, al mismo tiempo, un diagnóstico de fragmentación y una descripción de un nuevo régimen de poder. La fragmentación no significa caos. Es otro tipo de orden. Un orden que no pasa por la unidad del discurso, sino por la optimización de la conducta del usuario. El algoritmo no necesita conocerlo ni que crea en alguna ideología. Solo necesita que reaccione de manera predecible. Y para eso, la fragmentación es perfecta.
MM
(Después de una pausa.)
Y entonces, ¿qué queda? Si la fragmentación es el nuevo orden, y el analfabetismo de retorno es su condición de posibilidad, ¿qué tipo de resistencia puede haber? Porque la resistencia clásica —la del ciudadano ilustrado que lee, delibera y decide— parece haber sido diseñada para otro mundo. Para el mundo de la modernidad, no para el de la nueva Edad Media.
WERNER
(Se levanta. Camina hacia la estantería. Pasa la mano por los lomos de los libros sin sacar ninguno.)
Buena pregunta. No tengo una respuesta clara. Pero quizá la resistencia no sea volver a la modernidad, porque no se puede volver. Quizá sea inventar otra forma de estar juntos en esta nueva Edad Media. Algo que no sea la ciudadanía ilustrada, pero que tampoco sea la aceptación pasiva del señor feudal digital. Algo que se parezca más a los monasterios medievales: espacios donde se conserva otro tipo de conocimiento, otro tipo de relación con el lenguaje, otro tipo de tiempo. No como una alternativa global, sino como un archipiélago de resistencias locales.
MM
Ya que mencionas la idea de archipiélago no hay que olvidar que existe una opción digital para resistir en nuestra Edad Media, el Código Abierto, para conservar la soberanía tecnológica, lograr la transparencia institucional y la descentralización del poder frente al monopolio del software privado de las corporaciones. Digamos que, tomando la Habitación China como referencia, el Código Abierto permite que cualquiera pueda abrir la caja negra y ver cómo funciona. Puedes instalar un modelo de IA en tu ordenador y entrenar ese modelo off line con tus propios datos. Puedes alterar ese modelo, cambiarlo, incluso crear uno nuevo de acuerdo a lo que quieras conseguir.
WERNER
Pero, requiere un conocimiento y, más importante, un esfuerzo técnico que muchos prefieren evitar. Una voluntad de hacer y actuar.
MM
Claro, la desidia del vasallo siempre jugará a favor de las corporaciones.
(Hay una pausa donde nos quedamos pensando.)
WERNER
(Se vuelve hacia mí. La luz de la lámpara ilumina medio rostro.)
Un vasallo solo es inútil, no es la desidia el problema. Es como ha sido siempre a través de la historia, como dice Kropotkin, necesitas juntarte con otras personas. El Código Abierto al igual que el Flujo Libre, son interrupciones, podrían verse como monasterios del libre pensamiento. Recuerda que los monasterios primitivos del final de la antigüedad y de la Alta Edad Media tuvieron importantes conflictos con la autoridad central de la Iglesia, Los monasterios nacieron, justamente, como un movimiento de protesta y rebeldía contra la creciente riqueza, la jerarquización y la corrupción de la Iglesia después que el cristianismo se convirtiera en la religión oficial del Imperio Romano.
MM
Me gusta tu analogía histórica. No se me habría ocurrido comparar dos eventos que a primera vista son tan disímiles. Pero, visto a la luz de esta idea de una nueva Edad Media adquiere sentido. Aunque en su ensayo Eco utiliza los monasterios como metáfora de los actuales campus universitarios, donde según él los académicos serían como los antiguos monjes copistas intentando conservar el conocimiento en ciudadelas cerradas. Eco cuestionaba que la tecnología fuera capaz de conservar la cultura con la misma eficiencia que los monasterios del pasado.
WERNER
Bueno, yo creo que muchos académicos se han ido pasando al lado oscuro integrándose al aparato corporativo que ha cooptado las universidades, especialmente en EEUU. En Europa hay un proceso de privatización de las universidades públicas y las privadas poseen cada vez mejores recursos y subvenciones, aunque este es un tema que no controlo del todo y me pondré a hablar por hablar. En todo caso, yendo a lo que me interesa, sigo pensando que el Código Abierto y el Flujo Libre son pequeños agujeros en el mapa de la vigilancia. Lugares donde la pregunta “¿qué estoy delegando hoy que debería hacer yo?” no es retórica, sino práctica. Y quizá, solo quizá, eso sea suficiente. No para derrotar al sistema, sino para recordar que hay otras formas de estar en el mundo. Y mientras exista ese recuerdo, el sistema no será total.
(El silencio se instala. La estufa de hierro, apagada, parece escuchar. El té se ha enfriado. La noche, afuera, sigue su curso.)
MM
(Después de un rato.)
¿Y qué pasa con los que no pueden estar en esos monasterios? O no son capaces de crearlos. Con los que viven atomizados en las ciudades, con los que no pueden escapar al campo, con los que no tienen el privilegio de elegir el Flujo Libre o no tienen acceso al conocimiento técnico del Código Abierto? ¿Esos están condenados al vasallaje digital?
WERNER
(Se sienta de nuevo. Hay algo de cansancio en sus ojos, pero también de determinación.)
No lo sé. Creo que el gesto del monasterio no es solo geográfico. También puede ser temporal. Una pausa. Una zona temporalmente autónoma. Cinco minutos sin pantalla. Una conversación que, como la nuestra, divaga, se deja llevar por la asociación espontánea de ideas. Una pregunta que queda en el aire sin respuesta inmediata. No sé si eso basta. Pero sé que es un principio. Y los principios, a veces, son todo lo que tenemos antes de que el océano de Solaris lo cubra todo.
MM
Bueno, finalmente rebelarse dependerá de tu voluntad como individuo. También se puede elegir no hacerlo, aceptar la sociedad en que vives como la mejor opción. Hay una novela que me viene a la mente ahora, justamente porque describe a alguien que no puede estar en ningún monasterio ni construir ningún archipiélago. Y su solución es mucho más radical, y mucho más inquietante, que el vasallaje digital que describimos. La invención de Morel.
WERNER
¡Ah! Creo recordar que es del escritor Bioy Casares. Pero, no conozco exactamente la historia. Me suena a que no tiene un final feliz.
MM
(Dejo el libro de Eco a un lado, como si necesitara espacio en la mesa para lo que viene.)
Es la historia de un fugitivo, perseguido por la justicia, que en Calcuta conoce a un italiano que le habla de una isla abandonada donde podría esconderse. Llega, y descubre que no está tan abandonada como le dijeron: hay un grupo de gente, vida de veraneantes ricos, fiestas, tardes de ocio. Se oculta de ellos por miedo a que lo delaten. Y entre esa gente hay una mujer, Faustine, que todas las tardes se sienta en las rocas a mirar el atardecer. Se enamora de ella sin que ella siquiera note que existe.
WERNER
Hasta ahí me suena a una historia de amor no correspondido bastante convencional.
MARIANO
Eso pensé yo también, la primera vez que la leí. Pero entonces empieza a notar cosas raras. Un día ve dos soles en el cielo. Otro día, la gente desaparece por completo, como si nunca hubiera estado. Duda de su propia cordura. Hasta que una noche escucha a uno de ellos, Morel, reunir a todos y confesarles algo: los grabó, sin decírselo, durante siete días enteros, con una máquina de su invención capaz de capturar no solo la imagen sino el sonido, el olor, el tacto, con la misma intensidad que la realidad. Y ahora esa semana se repite en bucle, eternamente, en la isla. Lo que el fugitivo estuvo espiando todo ese tiempo no era gente viva. Eran proyecciones. Fantasmas técnicos, repitiendo por siempre los mismos siete días.
WERNER
(Se incorpora un poco en el sillón.)
Ahí sí empieza a interesarme. ¿Y por qué lo hizo, ese Morel?
MM
Por amor. Estaba enamorado de Faustine, la misma mujer que enamoró al fugitivo, y sabía que ella no le correspondía en la vida real. Así que decidió fabricar una eternidad donde sí pudieran estar juntos, aunque fuera solo la repetición de una semana ya filmada. Lo que no les dijo a sus amigos, o no del todo, es que la grabación mataba a quien grababa. Era el precio de la máquina: para fijar una imagen con esa intensidad, hacía falta destruir el cuerpo que la producía. Morel lo sabía, y se grabó igual. Todos ellos, en algún momento, sin saberlo del todo, murieron para poder repetirse eternamente.
WERNER
(Silencio. Mira la estufa apagada.)
Y el fugitivo, ¿qué hace con todo esto? Porque ahí es donde tu comentario de recién cobra sentido. ¿Se rebela, o se queda?
MM
Ninguna de las dos cosas, o las dos a la vez, según cómo lo mires. No se va de la isla, podría, en teoría, aunque afuera lo espera la cárcel. Pero tampoco se limita a aceptar pasivamente lo que ve, como quien se resigna a mirar fantasmas ajenos hasta el final de sus días. Hace algo mucho más inquietante: aprende a operar la máquina de Morel, estudia cuadro por cuadro la semana grabada, y se inserta él mismo dentro de la proyección. Edita su propia imagen en las escenas ya filmadas, de modo que en el bucle eterno parezca que él y Faustine se conocieron, se hablaron, se enamoraron, aunque en la vida real jamás cruzaron una palabra. Y para lograrlo, se somete al mismo proceso que mató a Morel. Se graba sabiendo que eso lo va a matar.
WERNER
(Se queda un momento callado, como si necesitara acomodar la idea.)
Entonces no es que acepte la sociedad que encontró. Es que, al no poder pertenecer a ella de ningún otro modo, decide reescribir el pasado para inventarse un lugar en ella. Falsifica su propia inclusión.
MM
Exacto. Y muere haciéndolo. El diario que leemos, que es toda la novela, termina con él observando los primeros síntomas de la enfermedad que lo está matando, y con un último pedido dirigido a quien encuentre ese diario en el futuro: que si algún día alguien inventa una máquina capaz de fundir conciencias, no solo imágenes, que lo busque a él y a Faustine, y los una de verdad.
WERNER
(Se ríe, pero sin ninguna alegría en el gesto.)
Es la variación más extrema de vasallaje que escuché en toda esta conversación. Ni siquiera el vasallo medieval llegaba a tanto. El vasallo aceptaba las condiciones del señor sin leerlas, es cierto, pero seguía vivo, seguía siendo él mismo del otro lado del pacto. Este hombre no. Este hombre borra su propia existencia real para insertarse como comparsa dócil dentro del bucle de otro, un bucle que ni siquiera sabe que él está ahí, que no puede corresponderle, que jamás lo va a mirar de vuelta porque ya está grabado, cerrado, terminado antes de que él llegara. Es la vigilancia sin testigo llevada a su extremo lógico: ni siquiera hace falta que alguien te vigile para que te disuelvas en el sistema. Basta con que quieras pertenecer a algo que ya no te necesita.
MM
Ahí no estoy tan seguro de darte la razón, y quiero decírtelo antes de que sigas. Porque también se puede leer al revés. El mundo real, el que deja afuera de la isla, no le ofrecía a este hombre nada mejor. Le ofrecía persecución, cárcel, soledad completa, ni una sola Faustine dispuesta a mirarlo. Tú mismo dijiste, con la Utopía de Moro, que al menos ahí hay un sifogrante al que reclamarle, un cargo que discutir. Este hombre no tiene ni siquiera eso. No tiene a quién reclamarle su exclusión del mundo. Entonces, ¿qué es exactamente lo que estaría traicionando si elige la isla? ¿Una libertad real que de todos modos no podía ejercer con nadie, o simplemente el último orgullo de seguir siendo uno mismo, aunque nadie más lo sepa?
WERNER
(Camina hacia la ventana. Afuera ya es noche cerrada.)
Eso es lo que me inquieta de tu pregunta, que no tengo una respuesta cómoda para dártela. Porque si digo que se traicionó, estoy asumiendo que había algo mejor esperándolo afuera, y no lo había. Y si digo que hizo bien, estoy aceptando que editar el pasado, fabricarse una pertenencia falsa y morir por ella, puede ser una forma legítima de libertad. Y no sé si estoy dispuesto a llamar libertad a eso.
MM
Quizás no haga falta llamarlo de ninguna manera. Quizás la pregunta no sea si hizo bien o mal, sino qué tan lejos de él estamos, en realidad, cada vez que elegimos vivir dentro de un sistema que sabemos falso, editado, ajeno a lo que sentimos, solo porque la alternativa nos resulta todavía más insoportable, es decir, quedarnos completamente solos, completamente reales, completamente perseguidos por lo que sea que nos persiga.
(Werner no contesta enseguida. Se queda de espaldas, mirando la oscuridad del bosque a través del vidrio, como si buscara ahí, entre los árboles que no puede ver, alguna isla propia.)
WERNER
Eso, quizás, es lo único que tenemos en común con ese pobre hombre.
(Demora un momento antes de continuar, como si masticara las palabras antes de decirlas. Luego dice como hablando para sí mismo.)
Todos, de alguna manera, editamos el registro para poder seguir apareciendo en él.
(Decidimos irnos a dormir. Mañana me mostrará la granja. Nos ponemos de acuerdo para seguir nuestra conversación la noche siguiente. Nos quedan muchos temas por tratar)
